sábado, 25 de agosto de 2018

Thomas Sowell, Filósofo Político “Mondain”

(Foto: Twitter)


No hace mucho se publicó la quinta edición de la obra de Thomas Sowell, Basic Economics. A Common Sense Guide to the Economy. Anteriores ediciones se han traducido al chino, al japonés, al coreano, al hebreo, al sueco, al polaco y al español. Significativamente no al francés. Sin embargo esta obra sería la respuesta anticipada de la actual “guerra tomista” en el campo de la Economía Política: Thomas Sowell vs. Thomas Piketty. El autor americano no cita al francés, pero conocemos su opinión sobre la obra tan publicitada durante el pasado año (el semanario TIME incluyó a Piketty entre “Las 100 Personas Más Influyentes” en un número especial de primavera 2015). Sowell había comentado un año antes: “In Thomas Piketty´s highly-praised new book Capital in the Twenty-First Century he asserts that the top tax rate under President Herbert Hoover was 25 percent. But Internal Revenue Service records show that it was 63 percent in 1932. If Piketty can´t even get his facts straighly, why should his grandiose plans for confiscatory global taxation be taken seriously?”. La idea que inspira el mamotreto de Piketty, desde la Introducción hasta la Conclusión, es la “Justicia Social”, concepto vacuo, subterfugio del socialismo y del totalitarismo, una típica y banal, pero peligrosa “unconstrained  vision”.
Sowell, contrariamente a lo que pensarían los “amigos de los negros” -como él mismo ha comentado con ironía- no es socialista, sino liberal-conservador. Es sin duda el más importante economista afroamericano de la historia, y el discípulo más aventajado en nuestro tiempo de Adam Smith (el autor más citado en su libro; más que Marx, pero también más que Keynes) y de la Escuela de Chicago, en cuya universidad obtuvo el doctorado en Economía (1968) tras su paso por Harvard y Columbia. Esta quinta edición de su famosa obra está enriquecida además con un capítulo nuevo (el 23, el más extenso del libro) titulado “International Disparities in Wealth”.
Me interesa destacar su importancia como filósofo político. Algunos intelectuales de prestigio, como el historiador británico Paul Johnson o el escritor norteamericano David Mamet (antes de su conversión “neocon”, uno de los iconos intelectuales del eje progresista New York-Hollywood), lo consideran el más importante filósofo político vivo.
A mi juicio, Sowell es uno de los más importantes pensadores políticos liberal-conservadores de nuestro tiempo, filósofo “mondain” -no académico- como diría Kant dándole un sentido positivo a la expresión. En Estados Unidos, tras la desaparición de Leo Strauss, James Burnham, Allan Bloom, Harry Jaffa, Sowell es el más importante filósofo público o “mundano” en el sentido de que su pensamiento se publica cotidianamente en columnas de opinión política para el gran público, tanto en los medios de prensa de papel como digitales.
Lo peculiar de su biografía intelectual es que recorrió a la inversa el camino de Adam Smith. Si el gran pensador escocés partió de la Filosofía Moral (Política) para descubrir la Economía, Sowell se inició en la Economía para desembocar en la Filosofía Política. Su tesis central a este respecto está en la pequeña obra maestra A Conflict of Visions. Ideological Origins of Political Struggles: “Un conflicto de visiones  es diferente de un conflicto de intereses (…) Los conflictos de intereses dominan a corto plazo, pero los conflictos de visiones dominan la historia (…) Las visiones descansan en última instancia en un sentido de la naturaleza humana –no solo en sus prácticas existentes sino básicamente en sus potencialidades y finalmente en sus limitaciones.”

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A partir de este supuesto, elabora una original distinción entre las visiones “constrained” y las visiones “unconstrained”, que caracterizan dos estilos intelectuales y políticos diferentes a lo largo de toda la historia, de enormes consecuencias para la sociedad. Sowell se identifica con el primer tipo de visión, que tiene entre sus representantes modernos a Thomas Hobbes, Adam Smith, Edmund Burke, los Federalistas (especialmente Alexander Hamilton), etc., llegando a nuestra época con intelectuales como Friedrich Hayek o Milton Friedman.
Como intelectual negro frente a la exaltación ideológica de la “negritud” (del “Black Power” y de los “Black Studies”), y como crítico implacable del racismo, del multiculturalismo, del victimismo, de la “acción afirmativa” y de la “corrección política”, merece recordarse su trilogía Race and Culture (1995), Migrations and Culture (1996) y Conquests and Culture (1998). Pero como secuelas filosófico-políticas de su gran tesis antes mencionada hay que destacar, a mi juicio, The Vision of the Anointed (1996), The Quest for Cosmic Justice (1999), Intellectuals andSociety (2010), e Intellectuals and Race (2013).
Cada uno de sus libros merece una detenida reflexión que obviamente no podemos hacer aquí en el espacio de que disponemos. En su conjunto constituyen un completo alegato intelectual, político y moral contra el progresismo radical en sus diversas variantes ideológicas. Por ejemplo, en una reciente columna, refiriéndose a las izquierdas y las políticas progresistas desde los años 60, escribía: “It might never occur to many of them to check their belifs against some hard facts about what actually happened after their ideas and policie were put in effect. It certainly would no be pleasant to admit, even to yourself, that after promising progress toward “social justice”, what actually delivered was a retrogression toward barbarism”.
Invalidando las absurdas descalificaciones de racismo dirigidas a los que han osado criticar al régimen de Obama, Sowell es el más importante pensador negro contemporáneo que sistemática e implacablemente ha criticado, razonadamente desde posiciones de sentido común y liberal-conservadoras, al primer presidente negro de la historia de los Estados Unidos.
(Foto: Twitter)
Asimismo, Sowell ha cuestionado y refutado con eficaz contundencia las teorías sociológicas liberal- progresistas y marxistas sobre el rol de los intelectuales en la sociedad y en la política  (de John Stuart Mill y los Fabianos, de Lenin y Gramsci, de Karl Mannheim…, y de sus respectivos discípulos contemporáneos) culminando en los presuntos maestros o mentores ideológicos de Barack Obama (Saul Alinski, Frank Marshall, Edward Said, Cornel West, Henry Louis Gates Jr., etc.).
Su ya larga experiencia (tiene en la actualidad 85 años) en las batallas académicas, políticas, y de las “guerras culturales” en las pasadas décadas, le cualifican hoy para ser un referente imprescindible en el debate público sobre economía, libertades, educación, cultura, multiculturalismo, raza, inmigración, terrorismo y los problemas internacionales. Debate público que va a acompañar obvia e inevitablemente a las próximas (de hecho ya presentes, en la fase de las “primeras primarias”) elecciones presidenciales en los Estados Unidos, con la lógica repercusión en todo el ámbito de las democracias occidentales y en sus enemigos estratégicos, externos e internos.
En su última columna, mientras escribo esto, Sowell sugiere la siniestra hipótesis de una especie de “Manchurian candidate” a propósito de la política de apaciguamiento de Obama respecto a los planes nucleares de Iran: “If he is that savvy at home, why is he so apparently incompetent abroad? Answering that quetion may indeed require us to “think the unthinkable”, that we elected a man for whom America´s best interests are not his top priority". 
Por Fígaro. 

La Nueva Derecha: Del Elefante a la Gaviota

Crece y crece el número de carpinteros, panaderas, abogados y hasta ex presidentes del Gobierno que conminan a la derecha a que se ponga las pilas y ocupe de una vez el lugar que le corresponde. Y es que, aunque pueda haber quien piense que el coro de voces discrepantes ha nacido al calor de la crisis, lo cierto es que la regeneración intelectual y política de la derecha ya se ha ensayado con éxito en otros muchos países. No puedo negar, en cambio, que la crisis anima (u obliga) a abrir el baúl de la abuela y a desempolvar el brasero de picón como alternativa a la calefacción; y las sopas de ajo como alternativa al nitrógeno líquido de Ferrán Adriá. E incluso hay veces que, en esa suerte de expedición al pasado a la que nos fuerza la crisis, los intrépidos aventureros descubren ideas (o ideologías) de antaño que, envueltas en papel charol y con un lacito rosa, se nos ofrecen como remedios milagrosos contra todas nuestras desgracias. Sin embargo, la reivindicación de la que voy a disertar no nació antes de ayer.
Barry Goldwater (Foto: darwin bell / Flickr)

Año 1964, Estados Unidos de América. El presidente Lyndon Johnson aplasta en las elecciones presidenciales a un anodino candidato republicano, un tal Barry Goldwater, que batió todos los récords perdiendo en todos los estados menos en seis. Con estos resultados, cualquier partido sensato lo habría empaquetado y deportado a Hawái. Sin embargo, el Partido Republicano no es un partido sensato; siempre ha abanderado, desde Lincoln, la defensa de posturas revolucionarias y ambiciosas, capaces de cambiar el mundo. Barry Goldwater jamás pisó Hawái, y hoy en día es considerado un tótem, un símbolo, un gurú intelectual de la derecha norteamericana.
Lo mismo se podrían decir, aunque me abstengo de profundizar demasiado a fin de no aburrir, de lo acontecido en Francia desde Mayo del 68 hasta nuestros días. Destaca, entre todas las demás figuras del pensamiento político francés, el filósofo Alain de Benoist, padre de la llamada Nouvelle Droite. De Benoist comparte la idea gramsciana de que antes de producirse un cambio político es necesario conseguir la hegemonía cultural, esto es, conseguir que las ideas sean aceptadas por los ciudadanos. Pocos se atreven a cuestionar que la influencia de Alain de Benoist y de otros muchos nombres de la Nueva Derecha ha jugado un papel fundamental en la metamorfosis que Francia ha experimentado a lo largo de las últimas décadas: de la Sorbona de Mayo del 68 a la Sorbona de Alain de Benoist; de Mitterrand a Sarkozy; ¿De Hollande a Le Pen?Goldwater decidió inmolarse políticamente el día que se propuso regenerar el Partido Republicano desde dentro. Nunca tuvo el más mínimo interés en ganar unas elecciones ni en llegar a presidente de los EE.UU. porque sabía que su papel era otro: dotar a la derecha de un credo sólido en el terreno de las ideas. Recordemos que desde la crucifixión de Herbert Hoover tras el crack del 29, el Partido Republicano había hecho suyos los principios marianistas y acomplejados que caracterizan a la derecha española actual: se había convertido en una opción buenista y blandita, “que parece toda de algodón”, es decir, en una opción incapaz de ilusionar a nadie. Se empeñaban en ganar elecciones apoyados en un ideario de centro y, salvo durante el paréntesis del infiltrado Eisenhower, no hacían más que perderlas. En respuesta, el astuto Goldwater basó su campaña en el liberalismo clásico: reducción del poder del gobierno federal, promoción de las libertades económicas y políticas, y una política exterior inspirada en su ferviente anticomunismo. Todos los analistas e historiadores coinciden en que Goldwater jugó un papel clave en el renacimiento de los movimientos conservador y libertario en los EE.UU., abonando el campo para que Ronald Reagan fuese elegido Presidente en 1980. Perdió las elecciones pero puso los primeros ladrillos en la reconstrucción de la derecha americana, la cual, gracias a Barry Goldwater, consiguió hacerse con una superioridad moral e intelectual que aún hoy sigue conservando.

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Pero quizás la clave de bóveda de este proceso de conversión de la derecha sea el proceso en sí mismo, es decir, el cómo, los pasos que han llevado a la derecha occidental a ofrecer alternativas solventes al pensamiento único del Matrix progre. En mi opinión, urge acudir a una obra cumbre del lingüista norteamericano George Lakoff, ideólogo demócrata y uno de los gurús a los que se les atribuye la primera victoria de Barack Obama. Lakoff se levantó una mañana y se preguntó cariacontecido: ¿Por qué diablos los republicanos llevan años ganando elecciones sin despeinarse? La respuesta a esta pregunta tomó forma de libro; un libro muy recomendable que revolucionó el marketing político y la lingüística cognitiva: “No pienses en un elefante” (Nota: el elefante es el símbolo del Partido Republicano).
George Lakoff desarrolló la teoría de los marcos. Definida en pocas palabras, dicha teoría postula que, en política, gana las elecciones el que es capaz de configurar los marcos en los que se desenvuelve el debate político. Los marcos se construyen fundamentalmente a través del lenguaje, de tal forma que si los republicanos empiezan a incluir la expresión “alivio fiscal” en todos sus discursos de campaña, obligando a los demócratas a usarla, podríamos decir que los republicanos han construido un marco, el marco “alivio fiscal”, ya que la palabra alivio sugiere relajación, evoca la paz que sigue a un período de tensión o de lucha. Como resultado, los ciudadanos asocian el hecho de pagar impuestos con el enfrentamiento; el Estado recaudador con el enemigo; y las políticas liberales de reducción de impuestos con un sensación de alivio reparador.
Otra de las armas republicanas de las que deberíamos tomar buena nota es el arte del storytelling, herramienta comercial para captar clientes y conectar emocionalmente con ellos. La gente vota a quien encarna los valores con los que se identifica; no importa cuales sean, ora moralmente aceptables ora moralmente deplorables. Hace falta, por tanto, pergeñar un discurso y un programa cargado de valores, y precisamente el pensamiento de derechas atesora, a mi entender, valores más atractivos y nobles que esa mixtura heterogénea e inconsistente que es el pensamiento de izquierdas. Los ciudadanos jamás votarán por un partido cuyo compromiso más excelso consiste en reducir la prima de riesgo. La gente está ansiosa por votar a un partido que defienda una idea, la que sea, pero una idea clara y coherente del hombre, de la sociedad y de la Nación.
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En España, la derecha ha renunciado a librar la batalla de las ideas, como en su día hicieron los republicanos que precedieron a Goldwater y los demócratas que precedieron a Obama. El PP se bate con la izquierda en un duelo en el que es la izquierda quien elige arma y quien marca las reglas. La izquierda cultural española se ha afanado con tremendo éxito en construir marcos: interrupción voluntaria del embarazo, memoria histórica, sanidad universal para todos, educación pública y de calidad, o el tan de moda “Sí, se puede” de Podemos. Estos marcos serían fácilmente desmontables si la derecha no hubiera huido despavorida de la batalla de las ideas. El Partido Popular se conforma con gobernar cuando la izquierda le deja. Mientras tanto, se somete a las reglas del juego y disimula su condición, pidiendo perdón constantemente a una izquierda que se arroga la suprema legitimidad intelectual por sus pistolas. Y no creo que se desmoronen las columnas de la acrópolis de Atenas si afirmo que la pretendida superioridad intelectual y moral de la izquierda constituye el tópico mejor construido y a la vez más rentable del último siglo.
Si el PP no reacciona de inmediato, otros ocuparán su lugar y será barrido del mapa político en un par de legislaturas, a lo sumo.
Por Fígaro. 

El Partido Popular ante el centro derecha



Con la llegada al poder de Pedro Sánchez y la dimisión de Mariano Rajoy como líder del Partido Popular, esta formación se ha visto abocada a una “renovación” a toda prisa que ya hasta los más fieles al inmovilismo del expresidente han asumido como inevitable.
Ciertamente, la herencia que recibirá el próximo presidente del PP dista mucho de la que se encontró en su día Mariano Rajoy. Si éste recogió una organización cohesionada en torno a unos principios políticos claros y reconocibles que representaban a las distintas familias de la denominada “casa común” del centro-derecha español (liberales, conservadores, democristianos y centristas), hoy el Partido Popular es una casa con graves problemas estructurales de credibilidad y representatividad en su espacio político natural.
El legado que Rajoy deja como líder del PP puede de hecho resumirse en dos ideas, estrechamente relacionadas. Por un lado, se procedió a un vaciamiento ideológico de la formación. Esa pérdida progresiva de identidad ha provocado -junto a los escándalos de corrupción- que cada vez menos electores se sintieran representados por un partido que se limitaba a la mera gestión administrativa del poder, evitando entrar en los debates políticos y en las batallas culturales planteadas por la izquierda y el nacionalismo. Como consecuencia -y ésta es la segunda idea-, el espacio de centro derecha se encuentra hoy fragmentado y sus electores desorientados entre distintas fuerzas políticas que han ido surgiendo para llenar ese hueco voluntariamente abandonado por el Partido Popular.
La tarea que va a tener que afrontar la dirección resultante del próximo Congreso Extraordinario es ingente y, además, urgente. El PSOE ha recuperado la agenda ideológica que inició José Luis Rodríguez Zapatero y cuyas consecuencias son conocidas por todos los españoles: la puesta en cuestión y el socavamiento de la reconciliación, los consensos básicos y la arquitectura institucional nacidos de la Transición. El Gobierno de Pedro Sánchez, el presidente con menos votos y escaños de nuestra historia democrática, está reactivando una política de lo simbólico que combina el buenismo mediático con la búsqueda de la polarización social.
El pasado vuelve a nublar el presente y el futuro de los españoles bajo el prisma moral de un Gobierno decidido a imponer un proyecto de ingeniería social en los órdenes político, cultural y judicial. A ello hay que sumar la voluntad expresada por miembros del nuevo Gobierno de dar continuidad a la fracasada Operación Diálogo que lideró la ex vicepresidenta, y hoy candidata a la presidencia del Partido Popular Soraya Saénz de Santamaría, para apaciguar al secesionismo catalán; así como la asunción de la tesis –también compartida por la hoy diputada- de que el problema “catalán” es fruto del recurso de inconstitucionalidad que presentó el Partido Popular en el Tribunal Constitucional contra el Estatuto. No podían hacerse esperar los “gestos” hacia aquellos que auparon a Pedro Sánchez al Palacio de la Moncloa.
Al contrario de lo que parece preocupar a los actuales dirigentes del PP, lo relevante de la sucesión de Rajoy no es tanto el “quién” sino el “para qué”1, es decir, qué proyecto político va a presentar el Partido Popular si es que quiere lograr la confianza del electorado de centro derecha -todo aquello que está a la derecha de la izquierda y que hoy encuentra cobijo en Ciudadanos y en VOX, además de en el PP- y congregar de nuevo a una amplia mayoría social. Esto pasa por una auténtica refundación sobre la base de un ideario claro, coherente e identificable (como hemos defendido siempre en Floridablanca) en torno a los principios políticos liberal-conservadores:
La persona como sujeto de derechos y libertades, o lo que es lo mismo, una concepción humanista del individuo en plena igualdad con sus conciudadanos, que ponga su dignidad por encima de cualquier condición personal -raza, sexo, orientación sexual, ideología, creencia religiosa…- y que defienda el derecho a la vida; un Estado de derecho que esté basado en la limitación del poder y de la arbitrariedad (frente al uso del Estado en beneficio propio), y que sea capaz de garantizar una verdadera separación de poderes y la cohesión de la unidad nacional (recordemos aquel lema inaugural de AP: “España, lo único importante”).
Y con todo ello, una idea de la continuidad histórica de España y de su papel protagonista en la configuración del mundo occidental, que determine los principios rectores de la política cultural y exterior en Europa o Iberoamérica, sin olvidar los desafíos que se presentan en regiones como Asia-Pacífico; así como una economía que se funde en la iniciativa individual, en facilitar el emprendimiento, en una menor carga fiscal sobre familias y empresas, en mercados más eficientes y transparentes, y que haga partícipes de la prosperidad a todos los sectores sociales.
En nuestra opinión, estos son algunos de los puntos básicos -en ningún caso se trata de una lista cerrada- sobre los que el Partido Popular debería abrir una profunda reflexión si quiere ser la fuerza representativa del centro-derecha.
Por Fígaro. 

Isaiah Berlin, comprender para dominar




    
Veinte años después de la muerte de Isaiah Berlin, su obra sigue vigente. Sus advertencias sobre el poder de las ideas en la acción humana y, por tanto, en la política, se tornan más actuales aún a la luz del siglo XXI. Los viejos fantasmas del siglo pasado nunca llegaron a irse y siguen presentes. Occidente dio por superada la contienda de las ideas y subestimó la fortaleza de éstas para sobrevivir: “Hace más de cien años, el poeta alemán Heine advirtió a los franceses que no subestimaran el poder de las ideas; los conceptos filosóficos engendrados en el sosiego del despacho de un profesor pueden destruir una civilización", escribía Berlin en su afamado ensayo Dos conceptos de libertad (1958) parafraseando al poeta y autor de Sobre la historia de la religión y la filosofía en Alemania (1833), obra de la que extrajo el pensador oxoniense la idea original. La advertencia del poeta era, sin embargo, mucho más directa: “Anotaos esto, orgullosos hombres de acción: no sois más que peones inconscientes de los hombres del pensamiento, los cuales, en humilde silencio, han predeterminado a menudo todo vuestro hacer del modo más exacto”. Hay un poema de Heine, Doctrina (1844), aún más descriptivo sobre la importancia e influencia de las ideas y la capacidad de éstas de moldear la acción humana, así como del servicio que éstas pueden prestar a favor de una causa:
“¡Tú toca el tambor y no tengas miedo,
y besa a la cantinera!
Ésa es toda la ciencia, el sentido
profundo de los libros.
Con tu tambor despierta a la gente,
toca diana con juveniles ímpetus,
avanza tocando siempre el tambor,
esa es toda la ciencia.
¡Ésa es la filosofía hegeliana,
el sentido profundo de los libros!
Yo lo he entendido porque no soy tonto
y porque soy un buen tambor”
Isaiah Berlin era plenamente consciente del poder de las ideas y de sus peligros. Pero su convicción y preocupación no respondía a cuestiones meramente teoréticas, pues su propia biografía así se lo había demostrado. Ruso, judío e inglés, Berlin fue testigo directo de la Revolución Rusa y de sus efectos sobre la intelligentsia y la cultura, con la que siempre mantuvo contacto –Boris Pasternak le confió los primeros manuscritos de Doctor Zhivago-. Trabajó para el Servicio Exterior británico en Nueva York y Washington entre 1940 y 1945 haciendo análisis de prensa y del estado de la opinión pública norteamericana ante la Segunda Guerra Mundial. Sus informes para el Foreign Office eran leídos por Winston Churchill, quien le envió los primeros seis capítulos de The Gathering Storm para conocer su opinión antes de que fueran publicados. Durante su estancia en Washington, Berlin siguió de cerca y mantuvo contacto, como lo haría a lo largo de toda su vida, con el sionismo “como condición necesaria, no para el sentido de pertenencia judía, sino para la libertad judía”. Su vida y, por tanto, sus obras no son ajenas a su siglo.

Pero si algo aprendió a la luz –sería más propio hablar de oscuridad- del siglo que le tocó vivir, era que el mejor modo de dominar las ideas consiste en comprenderlas: “aquello que no es comprendido no puede ser controlado: domina a los hombres en lugar de ser dominados por ellos”
 (Apuntes sobre el nacionalismo, 1972). En estos mismos términos se expresaría sobre el marxismo en una carta que envió al editor de The New York Times con el objeto de aclarar la información de un corresponsal de este mismo periódico acerca del discurso que dio Berlin en el Instituto de las Naciones Unidas del Mount Holyoke College sobre la Revolución Rusa: si se trata de refutar el marxismo, algo que creo posible y deseable, primero debemos comprenderlo.  La idea de comprender para dominar, de no ser dominado por las ideas, le indujo a sumergirse en los períodos históricos en los que se habían forjado las ideas que prevalecieron –y siguen prevaleciendo- en el siglo XX: en la Ilustración (y su reverso, la Contra-Ilustración) y en el Romanticismo. Sin embargo, la comprensión de Berlin no era un simple “dominio”, era también una defensa de sus propias convicciones.La experiencia le enseñó que las ideas pueden liberar y esclavizar; que no es lo mismo la búsqueda del ideal que la aplicación de la idea, la idea como valor orientativo que la idea como valor en sí. La primera nos sirve de guía, la segunda, como fin en sí mismo, puede hacer el mal en nombre del bien al que apela; porque no todos los valores son compatibles y en eso consiste la grandeza (o miseria) del ser humano: el drama de elegir, la libertad no exonerada de responsabilidad.
Por estos motivos, y los expuestos en los distintos artículos de esta serie, Floridablanca no podía pasar por alto el vigésimo aniversario del pensador oxoniense. Su pensamiento y amor por la libertad y su aversión a todo tipo de coerción y manipulación de los proveedores de la “felicidad organizada” hacen de Sir Isaiah Berlin un referente para este proyecto.
Por Fígaro. 

Matar un ruiseñor



Una de las grandes tradiciones dentro de la literatura norteamericana es la referencia al sur y la temática racial; desde Lo que el viento se llevó a clásicos modernos como El ferrocarril subterráneo, del Pulitzer Carlson Whitehead. En esta corriente literaria se enmarca el clásico imborrable de Harper Lee, Matar a un ruiseñor; inmortalizada en la gran pantalla por un inmenso Gregory Peck en el papel de Atticus Finch. Obra clásica de la literatura que, paradójicamente, ha dejado de incluirse en algunas escuelas sureñas como lectura académica. Los colegios arguyen a petición de los padres que el vocabulario usado en la novela, propio de la época que precisamente quiere reflejar, resulta incómodo –adjetivo utilizado en la mayoría de los medios de comunicación cuando hacen referencia al debate generado- para muchos alumnos.
Lee dibuja una novela íntima basada, en gran parte, en experiencias personales con una gran habilidad narrativa. Utiliza la ingenuidad del punto de vista de una niña como inteligente ángulo narrativo a partir del cual explicar la dureza del conflicto racial en el Sur en la América de la posguerra. Se trata de una novela no exenta de un cálido sentido del humor, muy humano, como hizo notar en su día el propio Capote (también originario del Sur y compañero de fatigas de Lee). La palabra ‘nigger‘ (negrata), hoy motivo de alarma para la “pussy generation” en feliz expresión de Clint Eastwood, se usa de manera frecuente para referirse a las personas afroamericanas.
Las quejas de los padres resultan paradójicas. Matar a un ruiseñor es una de las novelas que mejor ha retratado el conflicto racial en Estados Unidos. La decisión de los centros es tremendamente preocupante por la tendencia en los cambios en la educación, y por el tipo de ciudadano que estamos formando para el futuro.
Educar es poner límites y enseñar a pensar. Pensar, probablemente la acción que nos convierte en la especie más sobresaliente, y que surge necesariamente de la incomodidad: al igual que cuando estamos molestos en una silla cambiamos de postura, la mente también reacciona contra lo incómodo. Cristalizan así nuevas reflexiones. La vida no siempre es placentera, y desde luego dista mucho de ser perfecta o justa. Educar es también conocer y aceptar la naturaleza imperfecta del hombre, y por extensión la de todas sus creaciones. ¿Por qué lo que no incomodaba hace unos años si lo hace ahora? ¿Por qué no reflejar la historia tal y como es?
La novela de Lee no es para niños, –la trama va de cómo un negro es acusado falsamente de violar a una chica blanca y del conflicto social que esto supone en un pueblo pobre de Alabama–, pero sí para adolescentes, a quienes parece que ahora se les quiere proteger de un lenguaje hoy políticamente incorrecto y una historia moral y sin concesiones. Un síntoma más de este buenismo mal entendido, generalizado en algunos ámbitos, reflejo de una sociedad cada vez menos tolerante con la propia naturaleza imperfecta de lo humano y, por otra parte, de una educación cada vez más protectora, fragilista diría Taleb, que alumbra ciudadanos cada vez más débiles y dependientes de esta protección tontuna.
Lo cierto es que la figura ejemplar de Atticus Finch, –personaje que guarda ciertas similitudes con Howard Roark y algún que otro paralelismo con el héroe capriano–, y que se convirtió en una gran fuente de inspiración para toda una generación abogados y activistas pro derechos civiles, no puede ser más necesaria y educativa. Finch es la quintaesencia del arquetipo del héroe en busca de la Justicia. Un personaje de gran coraje moral, resistencia emocional, y valentía para llevar a cabo con firmeza y eficacia lo que hay que hacer. De guiar su acción únicamente por aquello que es moralmente correcto, sin importar la corrección del momento. Lee dibuja un padre afectivo a la par que exigente, cercano al mismo tiempo que firme, empático y sensible, que dispensa el mismo trato exquisito al juez que al más humilde de los campesinos, al negro que al blanco, y que, además, es un ávido lector. Colmo de virtudes y buen referente para cualquier joven.
En la Alabama pobre, polvorienta, racista y calurosa, Atticus Finch emerge como una luz que ilumina la vida y la educación de sus dos jóvenes hijos, a los que sabe proteger de los males de este mundo, pero no se los oculta, les enseña a vivir con ellos como parte esencial del camino hacia la madurez. Una luz y una compañía de gran utilidad y valor que no parece interesar a las nuevas generaciones de padres, obsesivos y sobre-protectores, que únicamente alumbran personas frágiles e incompletas.
Por Fígaro. 

Acton y la libertad como fin político



La historia de la libertad en la antigüedad
Si el tema central de mi exposición fuera la historia de la ciencia política, la parte principal y más amplia la dedicaría a Platón y Aristóteles. Las Leyes del primero y la Política del segundo son, si puedo fiarme de mi experiencia, los libros en que más podemos aprender sobre los principios de la política. La penetración con que estos grandes maestros del pensamiento analizaron las instituciones de Grecia y denunciaron sus defectos no tiene parangón en la literatura posterior, ni en Burke o Hamilton, los mejores escritores políticos del siglo pasado, como tampoco en Tocqueville o Roscher, los más eminentes del nuestro. Pero Platón y Aristóteles eran filósofos que tenían como objetivo no tanto la libertad carente de guía como el gobierno racional. Descubrieron lo desastrosos que son los efectos de esfuerzos mal dirigidos hacia la libertad; y llegaron a la conclusión de que es mejor no esforzarse por ella, sino contentarse con una eficaz administración, adaptada con prudencia al fin de la prosperidad y la felicidad humana.
Hoy la libertad y el buen gobierno no se excluyen mutuamente; y hay excelentes razones para que sigan juntos. La libertad no es un medio para alcanzar un fin político más elevado. Es por sí misma el más alto de los fines políticos. No se persigue en vistas a obtener una buena administración pública, sino para permitir que puedan perseguirse los fines más altos de la sociedad civil y de la vida privada. El aumento de la libertad en el Estado puede a veces fomentar la mediocridad y alimentar el prejuicio; puede incluso retrasar útiles medidas legislativas, comprometer la capacidad bélica, restringir las fronteras de los imperios. Se podría sostener con cierto fundamento que, si bajo un despotismo inteligente muchas cosas hoy en Inglaterra o en Irlanda estarían peor, algunas otras cuestiones, en cambio, se afrontarían sin duda mejor; que el gobierno romano era más ilustrado bajo Augusto o Antonino que bajo el Senado, en tiempos de Mario o de Pompeyo. Pero un espíritu generoso prefiere que su país sea pobre, débil y sin gloria, pero libre, más bien que poderoso, próspero y esclavo. Es mejor ser ciudadano de una humilde república alpina, sin perspectivas de hegemonía más allá de sus restringidas fronteras, que súbdito de una autocracia soberbia que proyecte su sombra sobre media Asia y Europa.
Pero se podrá argumentar, por otro lado, que la libertad no es la suma o el sustituto de todas las cosas por las que la vida del hombre es digna de vivirse; que para ser efectiva debe ser limitada, y que sus límites deben ser variables; que la evolución de la civilización asigna al Estado derechos y deberes crecientes, e impone a los individuos cargas y constricciones cada vez más pesadas; que una comunidad altamente instruida e intelectualmente desarrollada está en condiciones de apreciar las ventajas de obligaciones coactivas que, en un estadio inferior, parecerían intolerables; que el progreso liberal no es vago e indeterminado, sino que tiende a un punto en que la esfera pública no esté ya sometida a otras limitaciones que las que ella misma considera ventajosas; que un país libre puede ser menos capaz de promover la difusión del sentimiento religioso, la prevención de los vicios, el alivio a los que sufren, que otro que se atreva a hacer frente a grandes emergencias con algún sacrificio de los derechos individuales y un cierto grado de concentración del poder; y que el objetivo político supremo debería a veces pasar a segundo plano respecto a objetivos morales aún más elevados. Mi argumentación no pretende polemizar con tales observaciones críticas. Aquí tratamos no de los efectos sino de las causas de la libertad. Tratamos de precisar las fuerzas que han contribuido a poner bajo control al gobierno arbitrario, ya sea a través de la difusión del poder o bien a través de la posibilidad de apelar a una autoridad que trascienda a todos los gobiernos. Y entre estas grandes fuerzas los grandes filósofos de Grecia no pueden aspirar a contarse.
La libertad no es un medio para alcanzar un fin político más elevado. Es por sí misma el más alto de los fines políticos. No se persigue en vistas a obtener una buena administración pública, sino para permitir que puedan perseguirse los fines más altos de la sociedad civil y de la vida privada.
Fueron los estoicos los que emanciparon a la humanidad de su sometimiento al gobierno despótico; su iluminada y elevada visión de la vida salvó el abismo que separa al Estado antiguo del cristiano, y abrió el camino a la libertad. Teniendo en cuenta que se puede estar muy poco seguros de que las leyes de un Estado sean sabias y justas, y que incluso la voluntad unánime de un pueblo o el consenso de todas las naciones pueden ser susceptibles de error, los estoicos dirigieron su mirada más allá de aquellas estrechas barreras, y por encima de aquellas autoridades inferiores, en su búsqueda de los principios capaces de regular la vida de los hombres y la existencia de la sociedad. Descubrieron que existe una voluntad superior a la voluntad colectiva de los hombres, y una ley superior a las de Solón y Licurgo. El criterio del buen gobierno es para ellos su conformidad con los principios que pueden anclarse en un legislador superior. La ley que todos estamos obligados a obedecer, a la que debemos reducir todas las autoridades civiles y sacrificar todo interés terreno, es la inmutable ley perfecta y eterna como el propio Dios, que procede de su naturaleza y reina sobre los cielos, sobre la tierra y sobre todas las naciones.
La gran cuestión no es descubrir lo que los gobiernos ordenan, sino lo que deben ordenar. En efecto, ningún precepto es válido si va contra la conciencia de la humanidad. Ante Dios no hay ni griegos ni bárbaros, ni ricos ni pobres, y el esclavo vale tanto como su amo, porque por nacimiento todos los hombres son libres. Son ciudadanos de aquella república universal que abarca a todo el mundo, hermanos de una sola familia e hijos de Dios. La verdadera guía de nuestra conducta no es la autoridad externa, sino la voz de Dios que mora en nuestra alma, que conoce todos nuestros pensamientos, a la que debemos toda la verdad que conocemos y todo el bien que hacemos, pues el vicio es voluntario, pero la virtud viene de la gracia del espíritu divino que está dentro de nosotros.
Por Fígaro. 

Fernando III El Santo y la idea de España

San Fernando recibe las llaves de la ciudad del rey Axafat, por Francisco Pacheco. Esta imagen está en el trascoro de la Catedral de Sevilla.

Este mes de junio se ha cumplido el VIII centenario de la proclamación de Fernando III como rey de Castilla. Fernando III, conocido como “el Santo” tras su canonización en el siglo XVII, puede ser considerado como uno de los mejores reyes de la historia de España, tanto por sus gestas militares y visión política, como por su talla moral y espiritual. Un referente del que todo español debiera sentirse orgulloso y tomar ejemplo en estos atribulados tiempos en los que, en contraposición a la idea fernandina de fe, fortaleza y prosperidad en la unión de España, algunos pretenden dividirnos, debilitarnos y desguazar nuestro país.
Las carambolas del destino—muerte de su abuelo, del heredero, el infante don Fernando, y más tarde de Enrique I—quisieron despejar el camino de Fernando al trono. El inmenso talento político de su madre, doña Berenguela, que decidió cederle la Corona para desbaratar la oposición del bando nobiliario encabezado por los Lara, hizo el resto. Así, un buen 14 de junio de 1217, bajo un corpulento olmo en Autillo de Campos, gentes de armas, prelados y magnates alzaron pendones por su nuevo rey, Fernando III de Castilla.
Sueño de San Fernando, por Matías de Arteaga y Alfaro, 1633

Su determinación política y espiritual, de unidad de destino, y la creciente debilidad del imperio almohade condujeron al rey a reanudar las campañas militares y reconquistar Cáceres, Mérida y Badajoz. El fallecimiento de su padre, Alfonso IX de León y, de nuevo, la habilidad política de Berenguela plasmada en la Concordia de Benavente, hicieron que Fernando III recibiera la corona leonesa, unificando Castilla y León de manera definitiva. El buen pulso político-militar del tándem madre-hijo al frente de esta unión, nueva pero antigua, permitió la toma de Úbeda, Córdoba y Murcia, la delimitación de fronteras con Jaime I de Aragón (Tratado del Almizra, 1244), el vasallaje del reino nazarí de Granada y la toma de Jaén, justo antes de la muerte de Berenguela en 1246. A partir de ahí, quedará por siempre en los anales el famoso sitio de Sevilla y la entrada triunfal de Fernando III el 22 de diciembre de 1248 en la ciudad, que rehabilitaría y engrandecería antes de su muerte en 1252.
Don Fernando lo tenía claro, y así se lo comunicó a su padre Alfonso IX de León cuando éste contempló enfrentársele: los reyes cristianos de la Península no debían combatir entre sí, sino al invasor. La gesta de la batalla de las Navas de Tolosa (1212) que encabezó el abuelo de Fernando, Alfonso VIII, le dio la pauta; el reino de Castilla provenía del de León, que a su vez lo hacía de Asturias, de Pelayo y de la España visigótica. Todos eran uno. El tronco que debía dar recobrada fuerza al árbol, estaba claro en la mente de Fernando.
¿Qué no daríamos hoy en España por un líder político con la visión, determinación y confianza en sus gentes de Fernando III? El rey Santo supo entender que hay que mirar atrás para poder mirar hacia adelante. Entender de dónde venimos para saber a dónde dirigirnos. Pero esto es hoy algo que no está de moda; no vende; no genera “me gusta” ni “retweets”. Y este desconocer, cuando no manipular o sentir vergüenza de nuestro pasado, de la secular empresa común que ha sido y es España, es lo que está carcomiendo nuestra convivencia y poniendo en jaque nuestro porvenir. La indolencia en que nos arrellanamos, oreada desde la Moncloa, permite que cobren vida peligrosas memeces como la de la “plurinacionalidad” o la de la opresión que sufren los catalanes. Porque esos memes sí que venden y tienen menos de 140 caracteres. Qué más da que sean ucronías o mentiras abreviadas.
Pero sí. Sí que importan. Nosotros y nuestros hijos nos jugamos mucho. Los españoles debemos sentirnos tanto orgullosos del papel central que hemos tenido en la historia de la humanidad, como responsables de ese gran legado. Fernando III entendió, como debemos hacerlo de nuevo hoy, que venimos de lejos dándonos la mano, que juntos somos mejores y podemos ir más allá. Las columnas de la historia que enmarcan nuestra vida en común y cimientan nuestra libre, solidaria y plural democracia, deben hacernos recordar quiénes somos y hacernos confiar en lo que nuestro esfuerzo y creatividad nos llevarán a ser. En este 800 aniversario de un momento crucial en nuestra historia, reconquistemos la idea de España.
Por Fígaro.