martes, 25 de septiembre de 2018

Diez años después de la quiebra de Lehman Brothers (II)



“¿Cómo hemos llegado hasta el punto de que la caída de una economía afecta al conjunto de la economía?”
El 16 de septiembre de 2008, al día siguiente de la quiebra de Lehman, en la Casa Blanca unos visiblemente tensos y cansados Bernanke y Paulson presentaban al presidente Bush el cheque de algo más de 700.000 millones de euros que debía firmar para llevar a cabo la recapitalización del sistema. Bush les espeto a ambos: “¿Cómo hemos llegado hasta el punto de que la caída de una economía afecta al conjunto de la economía?”,como recuerda el periodista del New Yorker James B. Stewart. La crisis iba a recaer sobre los hombros del contribuyente. Hace unas semanas, un estudio llevado a cabo por la Fed estimaba el coste total de la crisis en 70.000 dólares per cápita (algo más de 22 billones de dólares).
Se salvaba la bola de partido evitando un escenario de colapso total. Sin embargo, se ignoraron partes fundamentales del diagnóstico –bien resumidas en la pregunta de Bush– y en vez de normalizar la política monetaria tras esta estabilización inicial, la regla de Taylor dio claros síntomas de ello desde principios de 2012, se siguió imprimiendo dinero (léase quantitative easing) con la esperanza de así sacar a la economía del atolladero. Estas políticas no devolvieron la solvencia al sistema, más bien al contrario, han dificultado el necesario proceso de purga y han servido para desincentivar la implementación de reformas más profundas, alimentando el sobreendeudamiento (en todas sus formas) y la especulación en los mercados financieros, como ha señalado el nada sospechoso Claudio Borio, solvente economista del Banco Internacional de Pagos.
Sí se mejoraron algunos aspectos en el proceso de liquidación bancaria (‘bail in’) y en los requisitos sobre nivel y calidad del capital (BIS III, aunque la regulación no llegó precisamente en el mejor momento posible), pero el grueso de la recuperación económica y financiera se confió a las políticas de demanda, sin que la crisis haya favorecido un verdadero cambio con respecto a la manera en la que organizamos el sistema financiero y la moneda. El resultado es que estos últimos años hemos tenido un patrón de crecimiento muy similar al que caracterizó la década de los 2000 (y bien sabemos como acabó): si durante la pasada década la deuda fue privada, en este último ciclo la deuda es pública.
En países como España, ésta ha saltado del 36% del PIB en 2007, al 101% en el momento de escribir estas líneas: un incremento de 688.000 millones de euros, 240 millones al día durante casi una década. Una pesada mochila que, sin un plan económico de reformas orientado a corregir desequilibrios y permitir la recapitalización de los agentes económicos ha dado lugar a este crecimiento avieso y desigual, de calma tensa en los mercados, al que Larry Summers se ha referido como “estancamiento secular”, el nuevo mantra que ha sustituido al de la “gran moderación” acuñado por Bernanke durante los años 2000, y que teniendo en cuenta lo anterior, deja de ser un misterio.

Se pretendió reactivar unas economías gravemente distorsionadas por una colosal burbuja en el sector inmobiliario (y no sólo) imprimiendo moneda e incrementando el gasto público. Unas medidas que solo sirvieron para posponer el ajuste y encarecer la propia salida a la crisis. En el plano estrictamente financiero, si bien se han incorporado algunos elementos que van en la buena dirección (más y mejores requisitos de capital y corrección de algunas aberraciones como que las bases imponibles negativas y similares computaran en las ratios de cálculo de capital, etc.), lo cierto es que se ha perpetuado esta situación de riesgo moral, lo que incrementa el riesgo sistémico total en el sistema con respecto a 2008 como ha señalado con acierto Nassim Taleb. Este encarecimiento del crédito derivado de mayores requisitos de capital coincide en un escenario de tipos cero que, de facto, imposibilita el normal funcionamiento del sistema bancario sometiendo a las entidades a una situación imposible. Se culpa al capitalismo de una crisis en donde la lógica capitalista ha brillado por su ausencia en 2008 y en el complejo escenario actual.
El gran economista austríaco Ludwig von Mises recuerda con acierto: “No hay manera de evitar un colapso final en un ‘boom’ generado por la expansión del crédito. La alternativa es únicamente si la crisis sucede de forma más temprana por el abandono voluntario del proceso de expansión crediticia, o más tarde de forma catastrófica con el colapso total del sistema.” En 2008 no afrontamos la crisis, no atacamos sus causas últimas que hunden sus raíces en la propia arquitectura del sistema; nos limitamos a enterrar los problemas con deuda y posponer los remedios reales para más adelante y hasta el día de hoy.
Post scriptum: crisis de ideas.
La crisis de 2008 no fue ninguna sorpresa y fue perfectamente evitable. Michael Burry, Ray Dalio, John Paulson, Nassim Taleb (El cisne negro se publicó en marzo de 2007), John Taylor, George Selgin, Jesús Huerta de Soto y Lorenzo B. de Quirós, por poner sólo algunos ejemplos de inversores, no fueron sorprendidos por la crisis. Sin embargo, Ben Bernanke, entonces máximo responsable de la Fed, afirmaba pocos meses antes de la quiebra de Lehman Brothers que la crisis de las subprime “no sería severa y en todo caso no afectaría la economía real”. Un mes antes de que Lehman se declarara insolvente, Standard & Poor’s renovaba su calificación de doble A (muy solvente); Morgan Stanley publicaba un “broker report” el 30 de junio de 2008 donde señalaba sobre su competidor: “Bruised, Not Broken — and Poised for Profitability”. ¿Cómo es posible esta doble perspectiva de una misma situación?
El desaguisado financiero de 2008 tiene su origen en una deficiente comprensión de cómo funciona la economía. En concreto, en la asunción de dos malas ideas. La primera consiste en presuponer capacidades omniscientes al Banco Central, pensar que éste puede fijar la cantidad de dinero que es óptima en el sistema. Una pretensión imposible, como señalaron Mises y Hayek (problema del cálculo económico y de información). A esta capacidad de fijar la oferta monetaria de forma arbitraria, hay que añadir la capacidad de los bancos de generar pasivos de forma ilimitada, el otro elemento que permite, de facto, el crecimiento ilimitado de la oferta monetaria. Un sistema que ha demostrado repetidas veces su fragilidad estructural a la hora de funcionar, y también su carácter profundamente injusto.
La segunda mala idea es pensar que las personas somos algoritmos, que nuestros comportamientos son predecibles. Se trata de una confusión muy habitual en el pensamiento marxista, donde todos actuamos de forma racional (sic) intentando maximizar nuestra función de utilidad (sic). De ahí nacen las hipótesis en las que se apoya el “homo economicus”, una suerte de robot que permite que las personas se puedan agregar como las manzanas o las peras. Esto permite modelar la macroeconomía, haciendo las delicias de la nueva economía keynesiana -que nada tiene que ver con las intuiciones particulares que nos legó el economista de Cambridge- que alumbró toda una corriente matemática orientada a generar modelos estocásticos para la medición y el control del riesgo. Sofisticadas y potentes herramientas estadísticas en las que se ha apoyado el grueso de la gestión de riesgos en banca, agencias de calificación y los propios reguladores. Es decir, un enfoque contrario a la verdadera naturaleza de la acción humana, creativa, dinámica, cambiante y subjetiva que hace que “sumar” Luis y Ana no tenga un outputpredecible y mucho menos calculable. Las limitaciones historicistas de esta visión las explicó bien Karl Popper el siglo pasado; enseñanzas ampliadas luego por Taleb en su imprescindible tetralogía Incerto.
La crisis financiera deja de ser un misterio si uno entiende las limitaciones en el diseño del sistema financiero, la manipulación política de la oferta monetaria y la falla de los modelos estadísticos. Tomar conciencia de todas las variables en juego a la hora de analizar la crisis nos permite poner en tela de juicio la peligrosa argumentación de que la debacle de Wall Street es una señal inequívoca del fracaso capitalista, tal y como han señalado Naomi Klein, David Graeber, Paul Masono, más recientemente, el popular historiador israelí Yuval Noah Harari. Unas críticas superficiales construidas de espaldas a lo que son realmente los mercados, confundiendo capitalismo por consumismo, y lanzando unos mensajes, un mar de fondo, que se sitúa en la base de los envites y ataques que ha recibido el orden social liberal, y que hoy afronta quizás su crisis más severa en los últimos 40 años.
Por Fígaro. 

Diez años después de la quiebra de Lehman Brothers (I)



La quiebra de Lehman Brothers -la semana pasada hizo diez años- marca el inicio de la Gran Crisis Financiera, un hito histórico que ha alterado el rumbo económico, social y político. El crash fue el resultado, como siempre sucede con las crisis financieras, de una acumulación de riesgos desmedidos en el sistema financiero. En este caso, los riesgos se concentraron en el mercado hipotecario americano de alto riesgo (o subprime) y en los bancos centrales. Una crisis de la que, pese a su virulencia, no hemos extraído las lecciones necesarias -hoy la economía presenta, en muchos aspectos, síntomas de exceso y desequilibrios igualmente preocupantes- y todo ello a pesar del doloroso proceso de ajuste realizado.
Las causas fueron múltiples y variadas, algunas de carácter coyuntural, otras, las principales, de carácter estructural, de la propia arquitectura del sistema. También se mezclaron elementos personales de codicia y arrogancia (tan bien descritos por Michael Lewis), o los socorridos “animal spirits”, pero sobre todo de aviesos incentivos que favorecieron un comportamiento disfuncional en los agentes económicos. En efecto, el apetito desmedido de riesgo por parte del grueso de las entidades bancarias no puede explicarse sin entender la importancia creciente de los bancos centrales y de una política monetaria expansiva y tremendamente acomodaticia para con los mercados financieros durante las tres décadas anteriores a la crisis.
En 2008 se juntaron dos ciclos: uno corto, de política monetaria que se inicia en 2001, con fuertes bajadas de tipos orquestadas por la Fed (Reserva Federal de los Estados Unidos) para oxigenar la economía tras el 11S y que llegaron a descender hasta el 1%; y otro largo, de deuda, de carácter estructural, cuyos orígenes los encontramos en los pactos de Bretton Woods tras la II Guerra Mundial, y que se acelerará enormemente a partir del “Nixon Shock”de 1971, cuando el dólar abandonará toda vinculación con el oro. Desde entonces, la oferta monetaria no ha dejado de alimentar una espiral creciente de deuda en una carrera hacia ninguna parte que hace que el sistema tienda, por defecto, hacia el sobrendeudamiento y la inflación, esto es, la erosión de los salarios reales, en un esquema que nada tiene que ver con lo que debería asociarse a un orden social liberal.
En este patrón dólar alumbrado tras 1971, la confianza del conjunto descansa en el balance de la Reserva Federal. El sistema se fragilizaba al depender de un solo foco de planificación monetaria, al mismo tiempo que el sistema de reserva fraccionada permitía a los bancos generar pasivos de forma ilimitada. El ciclo shumpeteriano se sustituía por una concatenación de burbujas; y con cada burbuja, más deuda y más presión para llevar a cabo políticas monetarias expansivas con el fin de aliviar artificialmente el coste de la deuda a expensas de ahorradores y trabajadores. Esta política monetaria, cada vez más laxa –con el interregno de Volker–, iba erosionando los márgenes de intermediación primero y los activos libres de riesgo, después; de manera que el ahorrador se veía obligado a colocarse en los mercados. La espiral deuda-inflación también dificultaba la fiscalización de los poderes públicos, favoreciendo un peligroso sesgo hacia el cortoplacismo.
En este sentido, la crisis inmobiliaria experimentada en EE.UU. durante el periodo 2001–2006 puede verse como un sprint final dentro de un ciclo de deuda más amplio que no acaba en 2008: desde el inicio de la crisis se estima que la deuda global total se ha incrementado en 65 billones, hasta alcanzar el 318% del PIB mundial. En 2008 no nos enfrentamos a la crisis, la pospusimos hasta la siguiente generación. Al mar de fondo de la política monetaria y las fallas estructurales en el sistema, la crisis de las subprime incluyó sus elementos propios como la existencia de una espesa maraña regulatoria en el mercado hipotecario por parte de los poderes públicos que favoreció la relajación de los estándares crediticios, el oligopolio de las agencias de calificación, el mal uso de modelos estocásticos para con la gestión del riesgo, entre otros. La innovación y la globalización financiera permitieron la amplitud del ciclo y su escala.
Cuando el precio de un bien se altera a la baja, su demanda crece de forma artificial, base para la gestación de cualquier burbuja. En España, por poner el ejemplo más paradigmático, llegamos a tener, durante dos ejercicios, tipos de interés reales negativos que ejercieron de queroseno para con el crédito que saltó de los 271.000 millones de euros en 1995 a 1.870.000 millones en 2008. El crédito se multiplicaba por factor siete, mientras durante el mismo periodo el PIB lo hacía únicamente por dos. En 2008 se construyeron en España 850.000 viviendas; en 2015 no se llegó a 50.000. Unas cifras que ayudan a entender la magnitud de la distorsión y del posterior ajuste (realizado principalmente por el sector privado). Detrás de estas cifras están ahorradores transformados en especuladores como consecuencia de una política monetaria ultra-expansiva: los tipos bajos generan una sensación de falsa bonanza –hay dinero para todo– al tiempo que, para mantener el poder adquisitivo del ahorro, se tiene que asumir más riesgos. El ‘search for yield’ (búsqueda de rentabilidad) condujo a muchos inversores que antes tenían depósitos hacia productos de cada vez un mayor perfil de riesgo (lo explica magníficamente bien Diego Parrilla en su recomendable libro Antibubbles).
No hay mal que cien años dure, ni ciclo expansivo que no acabe generando un descontrol en los precios forzando a los bancos centrales a revertir sus políticas devolviendo el tipo de interés a su tasa natural. Cuando esto ocurrió –a finales de 2006 la Fed se había visto obligada a subir los tipos al 5% por el recalentamiento de la economía–, fue solo cuestión de semanas que se disparara la mora del total del sistema que saltaba del 2% a finales de 2006 hasta el 18% en 2010, y de ahí a los impagados, quiebra de fondos, bancos y aseguradoras había solo un paso. El ‘house of debt’ edificado sobre los pies de barro del crédito fácil se desmoronaba precipitando al conjunto del sistema hacia el abismo.
Atendiendo la crisis de liquidez
El 6 de agosto de 2007 la crisis de las subprime se cobraba su primera víctima, la American Home Mortgage. Su quiebra congeló los mercados financieros a corto plazo y la suspensión de varios fondos con exposición al sector inmobiliario americano que afectaron también a la zona euro. El BCE se vio obligado a inyectar liquidez en el sistema por más de 100.000 millones de euros y evitar una crisis de confianza en el interbancario. Por aquel entonces, y como ejemplificación de la profunda crisis de ideas que caracteriza la Gran Crisis Financiera, Bernanke, presidente de la Fed, descartaba una crisis larga y con profundas implicaciones en la economía real. Pese a todo, las medidas aplicadas durante el verano de 2007 por el BCE y también por el Banco de Inglaterra no pudieron evitar la quiebra de Northen Rock el 13 de septiembre, la primera fallida bancaria en el Reino Unido desde hacia más de un siglo. Entidades como Lloyds, Dexia, Fortis, RBS, o Commerz Bank fueron intervenidos, como más tarde sucedería en España, que pasará casi dos años negando la crisis y perdiendo dramáticamente el tiempo, con nefastas consecuencias.
Para entender la salida en falso a la crisis en 2008 es clave comprender los errores de diagnóstico. La debacle financiera tenía dos dimensiones: solvencia y liquidez, y todo a escala global: americanos, pero también chinos y europeos iban a sentir de una manera u otra el ajuste del mercado hipotecario americano y sus fuertes implicaciones en la economía real. La acumulación de malas inversiones crediticias en los balances de los bancos había roto la confianza en el sistema. Para recuperar dicha confianza se requería de capital, medidas para facilitar la liquidación ordenada de las entidades insolventes, y medidas estructurales orientadas a, por un lado, facilitar el ajuste a los agentes económicos (políticas de demanda contra cíclicas); y, por otro lado, reformas orientadas a corregir los desequilibrios macro y reactivar el crecimiento. Estábamos ante una crisis esencialmente de recesión de balances, a la que se unía una grave crisis de liquidez que puso en jaque la propia integridad del sistema monetario. Se actúo de manera decisiva en este frente, pero poco o nada se hizo con respecto a lo primero, dando lugar a un nuevo ciclo de crecimiento caracterizado por la acumulación de nuevos desequilibrios, en este caso en forma de abultados déficits públicos, burbuja de bonos y la caída de los salarios reales, entre otros síntomas preocupantes.
Estados Unidos y Europa se embarcaron en un masivo plan de rescate del sistema financiero. Los bancos centrales volvían a bajar los tipos y se comprometían a mantener una barra libre de liquidez que se iba a extender hasta 2017, cerrando el ciclo expansivo más largo en la historia de la Fed, en Europa el ciclo aún esta abierto. Unas medidas que, con todo, fueron insuficientes para evitar que los mercados interbancarios, literalmente, se congelaran. Durante la gestación de la burbuja inmobiliaria, y para compensar la caída en los márgenes de intermediación derivados de la política ultra expansiva de la Fed durante el periodo 2001–2006, Wall Street fue incrementando las ratios de apalancamiento (el crédito era más fácil y barato), y reduciendo los plazos del conjunto de pasivos. Caso paradigmático de todo lo anterior fue Lehmnan Brothers que en el momento de presentar su quiebra en un juzgado de Nueva York tenía un apalancamiento de 44–1, con unos pasivos de 613.000 millones de dólares. La mayor quiebra corporativa de la historia.
Por Fígaro. 

Víctimas y más víctimas



Hace ya años que René Girard mostró la injusticia y la vacuidad de la idea misma de discriminación positiva, que produce nuevas victimaciones, y afirmó que esta discriminación es una inconsciente y perversa imitación de la idea cristiana de reparación de un mal, pero sometiendo a este mismo mal al grupo que se señala como responsable de él.
Tal era la razón invocada en la antigua Unión Soviética, para negar el acceso a los estudios medios o universitarios a los muchachos de familia burguesa, ya que, antes de la Revolución los jóvenes no pertenecientes a la burguesía no habían podido estudiar, en general; y esta prohibición no era, ciertamente, la menor de las maldades de aquel automatismo clasista, que también René Girard llama “una manera más astuta que el Gulag de desembarazarse de la gente”. Y esto es lo que torna trágicos a los sistemas llamados de corrección política.
Cuando se da lo que es un horrible crimen de asesinato como la terrible matanza de mujeres en nuestro tiempo, no podemos banalizar esa realidad con una enunciación encubridora de su iniquidad, denominándolo “delito de género”, porque esta locución despoja al hecho de su misma naturaleza trágica, y debilita el correspondiente clamor por la necesaria justicia; lo aproxima a una cuestión banal de corrección gramatical, pero sobre todo lo introduce en el fatal y primario juego social de atribución de la responsabilidad de los crímenes más siniestros no a individuos concretos, sino a un grupo construido como chivo expiatorio, portador de una iniquidad de naturaleza ontológica. Y ésta se revelaría en ciertos signos o  comportamientos  codificados, como en el caso de las brujas, los judíos, los negros o los individuos del sexo masculino que responden a una supuesta condición de animalidad de prehomínido  que se revela gestual y gramaticalmente, según una interpretación convencional.
Una sociedad con una mínima base moral y civilizada no puede señalar a un sector de ella como chivo expiatorio, no puede llamar “aldeas” a las construcciones de cartón que el conde de Potemkin alzó para tapar sus devastaciones, o a los campos de concentración que también llamaban aldeas los camaradas pardos, mientras los otros camaradas preferían hablar de campos de reeducación y denominaban “suprema defensa de la vida” a la pena de muerte. Y tampoco puede secundar un lenguaje que encubre un asesinato en un equívoco nominalista como un accidente gramatical de género.
Pero, en caso de conflicto e inestabilidad social, también nuestras tan roussonianas  sociedades acaban siempre con la caza al chivo expiatorio, culpable de todo mal. Un individuo o grupo que paga por todos, porque, como dice Caifás en el proceso de Jesús:  ”Conviene que muera uno solo por el pueblo y no perezca toda la nación”. Y, si no es un hombre, que sea un grupo, que se construye previamente como siempre con la mentira, un cálculo político, y la pura necedad.
En medio de la locura colectiva de la persecución de las brujas en los U.S.A del siglo XVIII, William Penn preguntó a una de ellas si viajaba a gusto por los aires y, ante su respuesta afirmativa, aquél  hizo notar que no había ley divina ni humana que prohibieran volar, sino que era precisamente el hecho que constituía indicio y prueba de la brujería, pero en el que parecían o simulaban creer quienes juzgaban, porque necesitaban un chivo emisario que pudiera ser sacrificado para provecho suyo. Y tal es la pregunta que siempre hay que hacerse.
Por Fígaro. 

Occidente a la defensiva



 Defiendo que, una visión optimista de la posible irradiación de los valores occidentales a nivel mundial: “la civilización (occidental, por supuesto) es expansiva”; “esa es la vocación (arrogante, si se quiere) de la civilización occidental: no ser “una” civilización entre otras, sino ser “la” civilización universal”. Occidente erraría al adoptar una actitud defensiva y considerarse asediado por civilizaciones diferentes y hostiles. En lugar de atrincherarse para defender su identidad, debería apostar por exportarla.
Que Occidente sea LA civilización –y no una civilización más, en competencia con otras- era la posición de la Ilustración, el positivismo decimonónico y el imperialismo victoriano (y, ya antes, de los españoles en América: Francisco de Vitoria o Juan Ginés de Sepúlveda invocaban la responsabilidad pedagógica respecto a los indios como uno de los “títulos” de la conquista). Y hacia 1900 –mientras Kipling exaltaba la white man’s burdeny Chamberlain o Rhodes teorizaban una Greater Britain transcontinental- con Europa y EE.UU. dominando un 84% de las tierras emergidas, la supremacía occidental parecía irreversible. Pero entonces Occidente se sumió en su guerra civil de 1914-45, prolongada por la Guerra Fría. Una de sus consecuencias fue la descolonización, que supuso un retroceso decisivo de los sueños de occidentalización del mundo.
 El “fin de la Historia” que nunca llegó
La implosión del bloque comunista en 1989 trajo consigo una efímera reedición del espejismo de occidentalización mundial de la belle époque: me refiero, por supuesto, al Fin de la Historia de Francis Fukuyama (1992): “Puede que estemos asistiendo […] al final de la historia como tal: esto es, al punto final de la evolución ideológica del género humano y a la universalización de la democracia liberal occidental como forma de gobierno definitiva”. Expulsados de la historia los rivales del liberalismo occidental, era sólo cuestión de tiempo que los últimos bárbaros acudiesen a recibir la luz de “LA civilización”.
Ese optimismo fue prematuro. Lo fue incluso en el certificado de defunción extendido al comunismo, el cual ha demostrado ser un gato de siete vidas que, mientras Fukuyama proclamaba el fin de las ideologías, ya se estaba reinventando en el Foro de Sao Paulo como “nueva izquierda” indigenista-altermundialista (de ahí iba a surgir el chavismo, que desgraciadamente desviaría a Venezuela, Nicaragua, Bolivia o la Argentina de los Kirchner de la senda ilustrado-liberal fukuyámica).
Además de infravalorar la resiliencia del socialismo, Fukuyama erró al identificar la civilización occidental sólo con la democracia liberal y el capitalismo. La India, por ejemplo, es una democracia desde 1947 y se ha aproximado con éxito al libre mercado desde 1991… pero, indudablemente, no es Occidente. Y es que las civilizaciones no consisten en ideologías o en sistemas económicos: el pulso “liberalismo vs. comunismo vs. fascismo” –al que Fukuyama reduce “la Historia”- fue en realidad un pleito intraoccidental (Locke era de Dorset, Marx de Tréveris y Mussolini de la Emilia-Romagna).
Por tanto, que el liberalismo resultara ganador –es un decir- en la batalla de las ideologías no significa que Occidente venciera en la de las civilizaciones. Sería Samuel P. Huntington quien replicase famosamente a Fukuyama con su Choque de civilizaciones (1996). No, el hundimiento del bloque soviético no traerá el mundo del Imagine de Lennon. La pugna entre ideologías del siglo XX será reemplazada en el XXI por un conflicto entre civilizaciones. La globalización de las comunicaciones y de los intercambios comerciales no implica la universalización de la mentalidad occidental; tampoco lo hace la difusión de la cultura pop de canciones, películas y productos de consumo1 (pues “la esencia de la civilización occidental no es el Big Mac, sino la Magna Carta”, y “en algún lugar de Oriente Medio, media docena de jóvenes pueden perfectamente vestir vaqueros, beber Coca-Cola, escuchar rap y, entre inclinación e inclinación hacia La Meca, montar una bomba para hacer estallar un avión estadounidense de pasajeros”, escribía Huntington, en asombrosa premonición de los atentados del 11-S). Tampoco implica occidentalización el hecho de que chinos, persas o egipcios utilicen energía nuclear o ingeniería genética: la adopción de la ciencia y la técnica nacidas en Occidente no implica la aceptación de los valores occidentales (de ahí la distinción huntingtoniana entre “modernización” y “occidentalización”). Más bien al contrario: al ver contestada su antigua superioridad científico-técnica, Occidente pierde posiciones en su competencia contra otras civilizaciones.
Bien, pero ¿cuáles son las señas de identidad occidentales? Es indudable que existen, pero es difícil conseguir una caracterización que convenza a todos. Huntington se moja y propone una lista bastante plausible (que coincide a grandes rasgos con la que después ha propuesto Niall Ferguson en Civilización). Para Huntington, Occidente es el legado clásico (filosofía griega y Derecho romano); el cristianismo católico y protestante(cataloga a la Rusia ortodoxa y sus satélites como una civilización distinta); las lenguas romances, germánicas y eslavas; la separación de las autoridades temporal y espiritual (un rasgo al que también confiere gran relevancia Philippe Nemo en su ¿Qué es Occidente?); el imperio de la ley (o sea, la idea según la cual el Derecho es algo más que “lo que decrete el que gobierna”: esa idea ha adoptado formas diversas a través de los tiempos: ley natural, derechos humanos, valores constitucionales…); el pluralismo social (diversidad de estamentos, asociaciones, partidos…); las asambleas representativas; y, last but most, el individualismo. Yo hubiese añadido la dignidad de la mujer: un rasgo que distinguió a Occidente de otras civilizaciones ya en plena Edad Media (y ahí están Leonor de Aquitania o Hildegard von Bingen para demostrarlo).
¿Está siendo asumido este patrimonio de cultura y valores por el mundo no occidental? Huntington dice que no. Y el desarrollo de los acontecimientos desde 1996 le da la razón. El “proceso de indigenización” –o sea, de retorno a las esencias civilizacionales respectivas, y por tanto de rechazo a Occidente- ha continuado su marcha. ¿Necesitaré recordar los progresos de los islamistas de uno u otro pelaje a lo largo y ancho de la umma? ¿Traigo las fotos de multitudes de mujeres veladas en El Cairo, Teherán o Kabul 2018? ¿Las comparamos con las de chicas en vaqueros en las mismas ciudades en 1970?
Pero es que otras zonas del mundo también se “indigenizan”. En Rusia y China, el comunismo ha dado paso, no al liberalismo occidental, sino a autoritarismos nacionalistas muy celosos de las respectivas peculiaridades civilizacionales (parece que los eslavófilos han prevalecido frente a los occidentalistas en el viejo debate ruso que analizara Isaiah Berlin). China se consolida como superpotencia bajo la égida de los “valores asiáticos”, conscientemente opuestos a los occidentales (por cierto, uno de los profetas de los valores asiáticos fue Lee Kwan Yew, artífice de la prosperidad de Singapur: “lo que un país necesita para desarrollarse es disciplina, más que democracia”; “nuestra fuerza es que podemos planificar a largo plazo sin tener que cambiar el gobierno cada cinco años”). Además de la tecnocracia –de vieja raigambre en la China de los mandarines- los “valores asiáticos” también incluyen, por ejemplo, el rechazo del individualismo occidental y un mayor énfasis en la familia y la comunidad.
Y en Hispanoamérica, mientras el indigenismo progresa en las universidades y se reniega del pasado español, la ola bolivariana ha acentuado la distancia político-económica respecto al Occidente liberal. En la India, Brahma, Siva y Visnú están de vuelta. Mientras Africa –la más imprecisa de las civilizaciones distinguidas por Huntington- sigue presa de regímenes corruptos que culpan de todo al legado colonial. Su Estado más desarrollado, Sudáfrica, parece a punto de dejar de ser “nación del arcoiris” en medio de la retórica de revancha racial, la violencia contra los blancos y proyectos de expropiación sin indemnización que sumirán al país en la debacle que ya conociera Zimbabwe.
La invasión migratoria
Dice Soler que Occidente no debe “esconderse detrás de una muralla”, sino que debe salir a “extender la civilización por el mundo”. Bien, precisamente eso pensaban los Kristol, Kagan, Wolfowitz, etc. del PNAC, eminencias grises de la intervención en Irak de 2003: la cruzada neocon llevaría la democracia y los derechos humanos al corazón de Oriente Medio; como el alma es naturaliter occidentalis –es decir, todos los hombres aman en el fondo la libertad y la democracia- seguiría un efecto dominó de caída de las satrapías y conversión a los valores liberales. Sólo que todo terminó en sangriento fiasco. Y la primavera árabe de 2011 no fue occidentalizadora, sino reislamizadora (en Egipto ganaron las elecciones los Hermanos Musulmanes). 
¿Occidente, fortaleza sitiada? Sí, a eso empieza a parecerse nuestra situación. El porcentaje de PIB y población mundial representado por Occidente disminuye constantemente. El diferencial tecnológico, industrial y militar entre Occidente y el resto del mundo se acorta. Al perder su ventaja productivo-tecnológica, la desventaja demográfica occidental pesará cada vez más, como ha explicado Alejandro Macarrón: “Por esa convergencia en productividad, el número de personas que viven en cada país, en relación al de aquellos con los que rivaliza o podría rivalizar, vuelve a tener la importancia que solía tener en el mundo medieval y antiguo. Vuelve a ser cierto el aforismo de Comte de que “la demografía es el destino”, temporalmente en suspenso cuando Europa dio su gran salto adelante histórico en productividad económica y eficacia bélica […] y el resto del mundo aún no lo había dado”.
Sí, son muchos más que nosotros. Sí, han copiado con éxito nuestra técnica. No, no creen en lo mismo que nosotros, ni viven como nosotros. Y sí, nos están “invadiendo”. La impotencia de Occidente para controlar o seleccionar la inmigración extraoccidental –y para digerirla una vez establecida- es el dato que completa el cuadro del choque de civilizaciones.
¿Acuden todos esos inmigrantes porque admiren nuestros principios? Puede que algunos sí. Pero la mayoría no viene aquí buscando libertad de expresión, democracia o igualdad hombre-mujer; lo que les atrae de Occidente son sus servicios sociales, hospitales públicos y nivel de renta. Les interesan las ventajas materiales de Europa y EE.UU-Canadá, no sus valores. De ahí que en Gran Bretaña funcionen subrepticiamente “tribunales de sharia”, mientras las autoridades hacen la vista gorda. De ahí que se multipliquen por toda Europa –de Mollenbeck a Malmöe, de Bradford a Maintes-la-Jolie o Saint Denis- los guetos étnicos y las “no go zones”, mientras muchos colegios franceses “halalizan” preventivamente sus menús escolares. De ahí que, según cifras de Michéle Tribalat, la endogamia en la comunidad musulmana francesa alcance el 90%. Y los inmigrantes de segunda o tercera generación valoran más sus raíces extraoccidentales que sus padres o abuelos (un 56% de los musulmanes franceses de entre 18 y 28 años consideran “muy importante” su fe islámica).
Sacudirse el complejo de culpa
En definitiva, creo que el planteamiento de Soler incurre en una seria contradicción: de un lado, reclama un reforzamiento de la autoestima y “moral de victoria” occidentales; de otro, llama “decadentes” a “los que intentan defender Occidente mediante murallas, aislamientos y fragmentaciones”.

Si Occidente quiere que el resto del mundo asuma sus valores, lo primero que tiene que hacer es creer en sí mismo: superar la “white guilt”, esa visión penitencial de la historia occidental que no ve en ella otra cosa que racismo, imperialismo y opresión. En realidad, Occidente ha hecho más por la humanidad que cualquier otra civilización: ¡basta ya de autoflagelación!A mi parecer, sin embargo, no hay nada más decadente que el fatalismo de la inmigración como única solución al problema demográfico: equivale a presuponer que los europeos ya nunca volveremos a querer tener hijos en número suficiente, y que por tanto no nos queda otra opción que dejarnos invadir por asiáticos y africanos que todavía están dispuestos a tenerlos. Nada hay más decadente que la incapacidad de defender las propias fronteras, o de exigir a los recién llegados el respeto de nuestros valores y reglas del juego (exigírselo, ya se sabe, sería una violación “racista” de su “derecho a la diferencia”).

Dejar de flagelarse significa, por ejemplo, comprender que tenemos derecho a controlar y seleccionar la inmigración, decidiendo qué cantidad necesitamos y de qué procedencia cultural (sin embargo, a Trump lo arrastraron por el polvo cuando intentó poner coto a la inmigración de varios países islámicos conflictivos). Toda sociedad segura de sí misma se reserva el derecho de admisión. Dejar de flagelarse significa, también, liberarse de la ridícula obsesión por “no ser racistas” (que llevó a la policía de Rotherham a permitir los desmanes de una banda de violadores paquistaníes): no es racismo valorar la propia historia, controlar las fronteras, exigir a los recién llegados el respeto de nuestros valores e identidad.
Dejar de flagelarse implica también apostar por el relanzamiento de la natalidad nativa, en lugar de delegar en extranjeros el relevo generacional; esto, a su vez, no será posible sin una reafirmación del derecho a la vida (incluido el de los no nacidos) y un fortalecimiento de la institución familiar (Occidente ha llevado el individualismo demasiado lejos, y quizás tiene algo que aprender de los valores comunitario-familiares asiáticos). Y sin la transmisión de una visión positiva de su historia –que es, por cierto, una historia de naciones- a los jóvenes europeos. Y sin el rechazo de un “multiculturalismo” que amenaza convertir nuestras sociedades en una yuxtaposición de guetos étnicos sin valores comunes.
Esta nueva asertividad, este superar los complejos civilizacionales y las culpabilidades infundadas, no se da, de momento, en el nivel de las instituciones federales europeas, y sí en el de los partidos nacionalistas que ganan las elecciones en Polonia, Hungría, Chequia o Austria, o la presidencia de Trump en EE.UU. En abstracto no tendría por qué ser así; en la práctica, lo es. La revalorización de la cultura occidental se plantea, a día de hoy, como una recuperación de asertividades nacionales. Espero que este retorno del patriotismo se mantenga en cauces razonables y no conduzca a chauvinismos que pongan en peligro la cooperación económica y política entre países occidentales. El propio Huntington, por cierto, afirmó que, para resistir frente a las civilizaciones rivales, Occidente debía mantener sus marcos de cooperación: “Una integración política significativa contrarrestaría en cierta medida la decadencia relativa en la proporción de Occidente respecto a la población, el producto económico y el potencial militar del mundo, y restablecería el poder de Occidente a los ojos de las demás civilizaciones”.
Por Fígaro. 

Las razones del aforamiento


En el debate sobre el aforamiento de los políticos que vivimos estos días, sobra mucha demagogia y falta pedagogía que explique de una forma entendible la razón de ser de esta condición de nuestros parlamentarios.
Como es bien sabido, para los partidos de la autodenominada “nueva política” cualquier distinción entre el político y el ciudadano de a pie constituye un privilegio que debe ser eliminado. Nada justifica la diferencia entre elector y elegido, y la función política no debe llevar aparejada ninguna prerrogativa de la que no goce el resto de “la gente”. En el contexto de la gran crisis y la corrupción, el aforamiento se convirtió en uno de los blancos más recurrentes del mensaje antipolítico. El último en subirse a esta ola ha sido el propio Gobierno, con su presidente a la cabeza. Tiene toda la lógica del mundo que partidos como Podemos o Ciudadanos, ajenos a la tradición y al uso parlamentario, explotaran el discurso populista. Lo que no puede entenderse es que sea el jefe de Gobierno, figura de máxima relevancia político-institucional, quien asuma el discurso contra los aforamientos. Será mediático, quizá le rinda electoralmente, pero, dada su posición, parece una irresponsabilidad.
El aforamiento constituye una garantía para el ejercicio de la labor política de nuestros parlamentarios. Recordemos que, en su origen histórico, los parlamentos surgen para limitar el poder del rey. Había que establecer fórmulas que permitieran a los representantes del pueblo ejercer sus funciones sin ser perseguidos. La importancia de la representación política, como expresión de las opiniones del común, tenía una alta consideración y su ejercicio debía ir acompañado de la dignidad correspondiente. Con el perfeccionamiento de los sistemas parlamentarios operado en el curso de los siglos, el estatuto de los parlamentarios se establece como parte del acervo del estado de derecho. Garantiza la separación de poderes, forma parte del sistema de checks and balances que equilibra las funciones del Estado, para que ningún poder prime sobre los demás.
En ese sutil equilibrio se sostiene la naturaleza de los sistemas parlamentarios de raíz anglosajona. España es un buen ejemplo. Por ello, nuestra Constitución consagra en su artículo 72 la inviolabilidad de los parlamentarios por las opiniones expresadas durante el ejercicio de sus funciones, así como la inmunidad y el fuero especial: solo pueden ser detenidos en caso de flagrante delito y encausados por el Tribunal Supremo. La razón y la historia demuestran que el aforamiento no surge para privilegiar a ninguna casta ocupada en su propia supervivencia o para evadir a la justicia. El hecho de que nuestros parlamentarios deban ser encausados por el más alto tribunal de la circunscripción a que se refiera supone una garantía de imparcialidad y calidad jurídica tanto para el interesado como para los ciudadanos.
Se trata de preservar la dignidad de la función de representación política. Cuando se tienen ciertas responsabilidades, conviene no caer en el discurso fácil y en el populismo de saldo. Nadie gana en el ataque a los aforamientos: ni la democracia parlamentaria, ni los ciudadanos, ni la política, cada vez más degradada. Si no dignificamos la actividad pública, cada vez habrá menos incentivos para que los mejores se acerquen a ella.
Por Fígaro. 

EL PAPEL DE BULGARIA EN EL CONTROL DE LOS FLUJOS MIGRATORIOS


  1. INTRODUCCIÓN
En relación al papel de Bulgaria en el control de los flujos migratorios hacia Europa, se remite la siguiente valoración.

  1. ANÁLISIS
Bulgaria es una de las naciones más antiguas de Europa, con una localización geográfica clave en los Balcanes y en la frontera con Turquía. Estas realidades geográficas han supuesto para el país largos períodos de dominación extranjera y también ser lugar de paso de diferentes pueblos. En este sentido, cabe destacar el creciente resurgir regional de Turquía y Rusia, las naciones que más han influenciado a Bulgaria en su historia.
Hoy en día, Bulgaria está integrada en la UE y la OTAN, organizaciones occidentales que garantizan su seguridad y el acceso al mercado europeo. Estas ventajas compensan en parte la debilidad del Estado búlgaro, que presenta un desarrollo económico y social inferior a la media europea. La dependencia energética de Bulgaria, la corrupción, la escasa capacidad de sus fuerzas de seguridad o la sangría demográfica, no hacen sino ahondar esta debilidad, sobre todo frente a su amenaza tradicional, Turquía.
De cara al incremento exponencial de los flujos migratorios hacia Europa, Bulgaria ha tenido que mirar nuevamente en dirección sudeste hacia Turquía. Si bien la primera oleada migratoria se dirigió de Grecia a Macedonia, Bulgaria está viendo como una segunda ruta migratoria a través de su territorio está ganando fuerza. Si bien Bulgaria no es el destino final de la corriente migratoria, la presión que la misma ejerce en sus fronteras y la presencia de la criminalidad organizada, afectan a su seguridad nacional directamente.
La respuesta sobre el terreno ha sido una cada vez mayor coordinación de los gobiernos de la región para contener los flujos de personas. En este contexto, el cierre de fronteras y la creciente participación de las fuerzas armadas están teniendo un impacto cada vez mayor. Puede apreciarse un endurecimiento de las autoridades respecto al desafío migratorio. Este tipo de políticas cuentan con el apoyo mayoritario de la población.
En cualquier caso, los factores externos, fuera del control de las autoridades búlgaras, son la clave para la gestión migratoria. Por ejemplo, de la efectividad en la aplicación del acuerdo entre la UE y Turquía, depende el grado de presión que Bulgaria pueda sufrir.

  1. CONCLUSIÓN
El sistema objeto de estudio es inestable, marcado por la realidad geográfica de la vecindad con Turquía. Una variable clave de riesgo es el grado de apoyo que la UE pueda ofrecer a Bulgaria, ya que esta variable puede ejercer una influencia importante sobre otras variables. A más largo plazo, se acentúa la inestabilidad del sistema, puesto que Turquía tenderá a ser un vecino cada vez más problemático para Bulgaria. En este sentido los flujos migratorios podrían ser utilizados como arma política.
El escenario más probable es que Bulgaria tenga que hacer un uso cada vez mayor de la fuerza para controlar su frontera, aunque cause tensión con Turquía. 
Por Fígaro.